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La historia mas bella del amor - Dominique Simonnet

Título original: La plus belle histoire de l'amour

Traducción por: Óscar Luis Monilna S.

Editorial: Anagrama

Año publicación: 2000

Participantes con Ensayos y Entrevistas:

  • Jean Courtin
  • Paul Veyne
  • Jacques Le Goff
  • Jacques Solé
  • Mona Ozouf
  • Alain Corbin
  • Anne-Marie Sohn
  • Pascal Bruckner
  • Alice Ferney
  • Dominique Simonnet

Recopilador, Editor: Dominique Simonnet

Apuntes

Pag 86:

Sí. Gracias a Rousseau y a los filósofos del siglo xvill se abrirá una puerta. ¿Se habían opuesto al despotismo de los reyes? Pues bien, ahora hay que resistir el de los padres y el de los maridos. Se proclama que la familia debe estar regida por las mismas leyes de la nación: libertad e igualdad. Se crea entonces el contrato civil del matrimonio, «gloria oculta de la revolución», como dice el jurista Jean Carbonnier- Ahora el matrimonio es laico, se apoya en el consentimiento libre de dos voluntades.

Unidos ante la ley y ya no ante Dios… Una verdadera revolución.

Cambio fundamental, sobre el cual, por otra parte, todo el siglo xix volverá. El divorcio era de una asombrosa liberalidad. Es posible divorciarse por consentimiento mutuo (en menos de dos meses: bastaba con realizar una asamblea familiar), por incompatibilidad de caracteres (seis meses) o por distintos motivos reconocidos: demencia, condena penal, abandono, ausencia, desorden de costumbres, emigración, malos tratos o delitos… Y la mujer tiene los mismos derechos que el marido. Es la ley más liberal que pueda imaginarse. Por primera vez da la oportunidad de inventar una pareja igualitaria. «El divorcio es el padre de los cuidados mutuos y del matrimonio feliz», dirá Chaumette, sin embargo notorio antifeminista. Por lo menos en este punto la Revolución no fue insensible ante el amor. Ni ante las mujeres.

Pag 87:

¿Y ellas aprovecharán la ocasión?

Numerosas mujeres se precipitaban por la brecha para huir de un marido indeseable… Pero no es tan sensillo. Recuerde a Delphine, la heroína de Mme. de Stael.. viuda de un ferviente defensor de ideas revolucionarias e ilustrads, se enamora de un hombre mediocre lleno de prejuicios que termina por casarse con una devota. Despues de mil vicisitudes, Delphine ingresa en un convento.. el ejerecito revolucionario fusila a su enamorado y ella se envenena. Esos dos seres, sin embargo, se habrían podido desligar; el divorcio ya era legal y los votos monásticos se podían rescinder. Podrían haber vivido juntos, felices, Pero no lo hacen.

¿Por qué?

Porque sobre ellos se ejercen mil presiones, porque la opinión pública no ha cambiado. La legislación revolucionaria era muy avanzada en relción con las costumbres vigentes. Como dice Saint-Just:

“La felicidad es una idea nueva en Europa.” los dos enamorados no sólo son desgraciados, sino que la nueva liberad les hace rsponsables de su desgracia. Se prohíben a sí mismos aprovechar esa “idea nueva”. Mme de Stael lo comprendió bien. Dar autonomía a las personas un efecto perverso: hace que les cuesto mucho más aceptar su angustía de vivir o su malestar. Si la revolución cambia alguna cosa en la vida privada, es ésta: ahora cada uno es responsable. Antes, si uno se equivocaba, se podía decir “es culpa de mi padre o de mi marido”. Ahora esto es un asunto personal… Pero todo esto durará poco: Termidor dará el primer golpe a la ley de divorcio al suprimir la incompatibilidad de caracteres y el consentimiento mutuo y, más tarde, el código civil volverá a establecer la superioridad del marido.

EL AMOR ES EL ENEMIGO

Se cerrará muy pronto la puerta entreabierta a la liberad de amar. En 1793 Robespierre lanza el Terror y la Virtud. Poco a poco, la Revoluciónn reglamenta la vida íntima….

Toda revolución intenta evitar las desviaciones y codificar las relaciones humanas. Saint-Just lo intenta en los Framentos sobre las instituciones republicanas: toda pareja casad durante siete años y que no tenga hijos debe separarse.

Hay que declarar oficialmente las amistades. Ya no hay vida interior ni intimidad de sentimientos. ¿Y qué molesta más a esta codificiación de las relaciones humanas? El amor, sin duda. El amor, es la relación no preparada, no negociada, es espontánea, que puede transtornarlo todo… El amor es inaceptable para quie ntiene que reglamentar la vida privada. El amor es el enemigo de la Revolución.

LA RESISTENCIA DE LAS MUJERES

El amor, y finalmente las mujeres…

Sí. Las mujeres se habían comprometido en 1789: algunas crearon organizaciones patrióticas donde se hablaba de los derechos del hombre, se recitaba la Declaración y también preparaban vendajes para los heridos. Habían creado clubs,

inspirados a menudo en el modelo romano, como el de Mme. Moitte, que invitaba a las ciudadanas a depositar sus joyas para colaborar con las finanzas de la patria… Esos clubs perdieron prestigio poco a poco y se fueron clausurando. Al principio de la Revolución las mujeres exigían figurar en los cortejos como ciudadanas y guerreras, pero en tiempos del jacobinismo virtuoso eran invitadas a desfilar del brazo del marido y preferiblemente embarazadas. Se volvió a los tópicos de la maternidad. «Nadie es buen ciudadano si no es buen consorte», decían los jacobinos. La moral conyugal se convirtió en prueba de la moral cívica y patriótica.

Hay un foso profundo entre las mujeres y la Revolución. El jacobinismo alimenta una desconfianza instintiva hacia ellas, las ve como rebeldes en potencia, precisamente por- que las mujeres son capaces de vivir sin pensar que están en una revolución. Los jacobinos pretenden que triunfen los sentimientos impuestos sobre los sentimientos naturales, espontáneos, como la ternura o la compasión y el afecto.

Recuérdese la actitud de Robespierre con su amigo Camille Desmoulins. «Oh, tú, mi viejo compañero de colegio», le dice. Pero no vacila en sacrificarlo, en «entregar» a su viejo camarada de colegio a la patria: lo denuncia.

Las mujeres, en suma, se oponen a la Revolución en nombre de una idea de la humanidad y del amor.

Su resistencia es en primer lugar religiosa: se niegan a asistir a las misas de los curas juramentados; protegen a los curas rebeldes, se plantan en la puerta de las iglesias para reclamar sus campanas. A los revolucionarios les sorprende esta resistencia, ven en ella una señal de la emotividad femenina, una inclinación por el oro, los copones y otras sandeces: las mujeres, dicen, son impresionables, giran según los vientos de las emociones… No comprenden que las mujeres están siempre del lado de lo que permanece -ellas son las que mantienen los lazos familiares, las que llevan la contabilidad del linaje- y sienten un rechazo visceral por la ferocidad.

LA REVOLUCIÓN ACABÓ CON EL CARÁCTER MIXTO

Como si hubiera una profunda antinomia entre la actitud revolucionaria, la política y su disposición guerrera por una parte y por otra, los valores femeninos, más suaves, más humanos. El siglo xvui vivió con la idea de una dicotomía total entre monarquías y repúblicas.

….

¿Ycuál es?

Hume considera que Francia es el país de la monarquía, del libertinaje, del libre comercio entre los sexos. Según Montesquieu, Inglaterra (a la que considera una república de he- cho, con sólo el nombre de monarquía) es el país donde los hombres participan activamente en la vida de la ciudad, incluso en el campo, y las mujeres permanecen confinadas en un mundo propio de ellas. Los dos filósofos concuerdan al afirmar que nada se puede cambiar en eso, que las costumbres son más fuertes que las leyes. La república se considera

entonces hostil a las mujeres. Lo que entristecerá a la sutil Mme. de Staél, que, en su novela Corinne, describe apenada una sociedad inglesa donde los sexos están separados. Ese país, escribe, impide absolutamente que las mujeres brillen; las sociedades inglesas son «recintos gélidos», las mujeres no participan de conversaciones en voz alta, se retiran en las cenas… En la república ya no hay lugar para las hermosas oradoras que antaño mantenían un salón y cautivaban asambleas.

Y eso hace la Revolución en Francia: separa los sexos.

En efecto, la Revolución separó los sexos, acabó con el carác- ter mixto. Las huellas perdurarán. Musset lo dirá en Confesión

de un hijo del siglo, Rémusat lo observará en sus Memorias:

LA DERROTA ROMÁNTICA

Lo verifica Louis-Sébastien Mercier en su Cuadro de París, en 1798: por todas partes se ve a mujeres que llevan hijos en brazos, lo que antes no hacían, como si, dice, el instinto de la maternidad se hubiera impuesto entre las francesas. Algo ha cambiado, en efecto. Pero el romanticismo es una derrota, pues reintroduce la asimetría entre los sexos y reniega de la supresión de la culpa entre los sexos que había operado Rousseau. Las heroínas románticas se dividen en dos categorías: por una parte están los ángeles de pureza, como Mme. de Mortsauf en El lirio en él valle, que muere por su angelismo y sus deseos rechazados; por otra parte están las perversas y pérfidas como lady Dudley, en la misma obra. La dicotomía será completa en Balzac.

Pag 93:

El amor y las mujeres finalmente no ganaron gran cosa con el episodio revolucionario.

AI principio de la Revolución hubo toda suerte de sueños de igualdad amorosa y cívica. Pero fueron aplastados por la losa del código civil y de las restauraciones. «¡La extinción!», dijo Stendhal. Las mujeres salen de la Revolución como víctimas. Otra vez reducidas ai silencio y a la soledad.

Pero creo que, en definitiva, ganaron entre 1789 y 1792 con la legislación revolucionaria del matrimonio, del divorcio, de los derechos sucesorios y con la idea de su papel funda- mental en la educación ciudadana de los hijos, que apunta a una nueva sociabilidad mixta. Y, en última instancia, también progresó la relación amorosa: a pesar de todo, la Revo- lución dibujó el esbozo de un mundo donde las relaciones humanas pueden ser diferentes. Habrá que esperar más de un siglo, pero la idea ya estaba sembrada.

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